8/10/08

Gracias por existir


Porque me caí y me levantasteis, me hundí y me ayudasteis, y porque sin vosotros tan solo soy la sombra de la soledad.
Teneros a mi lado lo es todo, y aunque seáis pocos los que estáis conmigo, valéis más que nada en éste mundo.
Porque mi aprecio y mi amor hacia vosotros es incalculable, y porque sois los únicos que me aportáis las ganas de seguir viviendo.
Porque no os enfadáis conmigo, porque sabéis que yo tampoco me enfadaría nunca con vosotros y porque sois, sencillamente, únicos.
Gracias porque de no ser por vuestro consejo y ayuda, ahora estaría muerta, olvidada en el otro lado para nunca regresar.
Sabéis que vivo por vosotros, y si no lo sabéis aquí los lo digo, porque tan solo vosotros me disteis la vida y tan solo vosotros podréis arrebatármela.
Si alguna vez he podido haceros daño, perdonadme el menos, pues esa culpa siempre me acompañará.
No puedo expresar con palabras lo que representáis cada uno de vosotros en mi vida, pero sé que lo que siento no es anda que sienta con cualquier persona.
Porque con solo vuestra presencia, con solo vuestras palabras, secáis las lagrimas de mis ojos y me hacéis sonreír.
Porque me habéis enseñado a vivir, cuando me sentí inerte, habéis hecho latir de nuevo mi corazón y gracias a vosotros mis venas se volvieron a llenar de sangre.
Porque sin vosotros, el infierno que vivo en mi cárcel se habría hecho insoportable y la desesperación e impotencia a la que me someten mis llamados padres, habría sido insufrible.
Porque de no haber sido por vosotros no podría estar escribiendo ahora mismo, ni os conocería, ni me conoceríais.
De nuevo, gracias, por haber dado un sentido a mi vida, por haberme guiado hacia el buen camino, por haber confiado en mi y dejar que confiara en vosotros, por tantas cosas, gracias, porque siempre os llevaré en mi corazón, porque nunca podré olvidaros, os quiero…

Triste destino


Desesperada, cuando él se acercaba, y silencioso acariciaba su cuerpo con las manos extendidas, cuando la violencia hacía que se desplomara y cayera al suelo, cuando ese cinturón ahogaba su aliento en impotencia.
Lágrimas, de dolor, de miedo, de soledad e incomprensión, tristes y apagadas, ya sin gritos, acostumbradas, a la miseria de su vida.
Porque nunca tuvo suerte para nada, porque todo lo que hacía le salía mal.
Callada, como siempre, tras cada paliza que él le propinaba, sin murmurar nada, sin comentar, sin quejarse.
Sin fuerzas quedaba, cada vez que él la violaba, dejándola tirada sobre la cama como una muñeca rota a la que recurriría de nuevo en momentos de necesidad o para matar su estrés. Ya estaba como ausente, no reaccionaba ante nada ni ante nadie, sin embargo seguía sintiendo odio y amor a la vez en su interior.
Un día se agotó, no aguantaba más ese sufrimiento que nunca cesaría y con un cuchillo en su mano acabó con la vida de aquel que acabó convirtiéndose en un extraño para ella con el paso de los años. Lloró, pero descansó, aunque como era evidente, fue condenada de asesinato.
Encarcelada para cumplir cadena perpetua, pero él sabía cómo pegar para no dejarle marcas, con lo cual no había pruebas de maltrato.
Y moriría entre barrotes, así como vivió, preguntándose cada día por qué no se mató a si misma o por qué no aguantó más dolor…
Condenada a unas leyes incumplidas, en un país de crítica libre, donde en verdad no existe libertad